MONASTERIO TRAPENSE

                   
Nuestra Señora de los Ángeles - Azul (Bs.As.) Argentina     

                                                                                                                        

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VIDA TRAPENSE

 

   La vida del monje trapense consiste en consagrarse íntegramente a Dios  por medio de una búsqueda constante de su voluntad y de su rostro, reflejado en el de Cristo. Es el amor de Jesús que empuja y guía al monje en dicha búsqueda. La consagración de la voluntad, de la inteligencia y del corazón se concreta en cada momento, pero de manera especial en un solemne compromiso público: la profesión monástica hecha seis o siete años después de entrar como postulante.
La voluntad de Dios se expresa a los hermanos a través del Evangelio, de la Regla de San Benito, de la vida cotidiana de la comunidad y de un abad elegido según las normas de la Orden trapense para representar especialmente a Cristo. Además de la obediencia, prometen permanecer estables en su propia comunidad en el servicio fraterno y en la oración.

La separación física del mundo y el clima del silencio y recogimiento ayudan a que el corazón del monje se transforme en tierra fértil donde germina y fructifica la Palabra de Dios. El resultado es una permanente memoria de Dios en el amor de Cristo, que va conduciendo al monje a un estado de oración continua. El monje aprende así a esconderse en las entrañas de Cristo y ser en la Iglesia como el corazón: invisible, pero un manantial activo de gracias, de vida espiritual, para todos los hombres.

 

De esta manera, el monasterio se hace un signo de la presencia de Dios entre los hombres y un testimonio contra cualquier cultura humana centrada en los dioses falsos de consumismo, de placer, de poder o de libertad sin rumbo. Al contrario, la vida trapense expresa y señala la vocación más profunda, el sentido último de la existencia humana, que es llegar a la comunión de amor con Dios Padre, a la que nos invita Jesucristo: ser hijos de Dios Padre en Jesús, el Hijo único. Dicha comunión, anticipada en el tiempo, palpada por los monjes y por los que se acercan al monasterio, será perfecta en la vida eterna.